Representación gráfica de una máquina de Turing de dos estados y tres colores mostrando un comportamiento complejo.
[Este artículo fue publicado en septiembre de 2002 en la revista electrónica en.red.ando en versiones catalana y española, se reproduce aquí en versión española con correcciones menores).

Aquiles, la Tortuga, el Cangrejo y el Oso Hormiguero mantienen una de esas interesantes conversaciones a las que son tan aficionados. Como siempre, las ideas florecen una tras otra, empujadas por una discusión abierta y sin límites. Todo ha empezado cuando Aquiles y la Tortuga han realizado una visita a casa de su amigo el Cangrejo para presentarle al Oso Hormiguero. Mientras bebían te, han regalado al Cangrejo un par de discos cuya existencia es debida a un nuevo descubrimiento matemático. Del ultimo teorema de Fermat se pasa a hablar de holismo y reduccionismo, mientras los cuatro amigos escuchan los dos volúmenes del “Clavicémbalo bien temperado” de Johan Sebastian Bach que han regalado al Cangrejo.

“¿Cuál es la manera correcta de escuchar una fuga: como un todo o como la suma de sus partes?” pregunta Aquiles.

La Tortuga piensa que describir de una manera reduccionista una colonia de hormigas sería un buen ejercicio para su discusión. Por suerte tienen como invitado al Oso Hormiguero, un auténtico experto en el tema. Pero el Oso Hormiguero es algo más que eso. Se autodefine como un cirujano de hormigueros (trata sus desordenes nerviosos, dice), y proclama su utilidad para la colonia de hormigas. De nuevo la conversación realiza un giro y empiezan a discutir sobre la manera en que la colonia de hormigas actúa como un solo ser. El Oso Hormiguero aborda la cuestión desde su gran experiencia:

Existe un grado de comunicación entre las hormigas, justo para evitar que se paseen completamente al azar. A través de esta mínima comunicación se recuerdan unas a otras que no están solas sino que estaña cooperando con compañeros. Son necesarias un montón de hormigas, todas reforzándose de esta manera, para llevar a cabo cualquier actividad durante un tiempo significativo. Mi borrosa comprensión del funcionamiento del cerebro me lleva a pensar que algo similar sucede con el disparo de las neuronas. ¿No es verdad Sr. Cangrejo que es necesario que un grupo de neuronas se disparen para hacer que una neurona se dispare?

El problema mente – cuerpo
Esta curiosa tertulia entre cuatro extraordinarios personajes forma parte del libro de Douglas R. Hofstadter “Godel, Escher, Bach: an Eternal Golden Braid”, y aborda una cuestión fundamental del problema entre la mente y el cuerpo: es la mente (o el alma) mayor que la suma de sus partes (el cerebro)? Esta cuestión es especialmente pertinente para los investigadores de la Inteligencia Artificial, ya que permite “perseguir” los acontecimientos hasta sus causas ultimas, paso necesario para plantearse siquiera un modelo artificial al que se le pueda aplicar la cualidad de “inteligente”. Esta búsqueda de las causas últimas conlleva sus dificultades, pues deja de ser útil si la llevamos al extremo. Por ejemplo, llegar hasta el “big bang” como causa última no ayuda demasiado. Ese reduccionismo hace difícil explicar fenómenos de índole más práctica para los propósitos de la Inteligencia Artificial: el binomio cuerpo-mente, el libre albedrío, o el problema de reconocer otras mentes. Sin embargo, es absolutamente necesario reconocer los distintos niveles o estratos en los que se puede describir la realidad si se quiere tener una idea lo más aproximada posible de esta. En lo más alto, los fenómenos que todos reconocemos y en los que nos reconocemos: cualidades globales, lo suficientemente compactas y abstractas como para ser útiles para comprender el mundo. En el nivel inferior, la descripción concreta de los elementos, (ya sea las neuronas del cerebro o las hormigas de una colonia), fácilmente mesurables pero que se muestran de una manera poco intuitiva en su funcionamiento, en relación con el fenómeno del que son responsables. Utilizando el ejemplo de un cerebro, es difícil saber cómo se siente su propietario observando y midiendo el estado de sus neuronas. Es más sencillo acceder simplemente al sistema completo y en su manifestación más elevada: preguntar al propietario del cerebro.

En el fondo de la cuestión sobre la posibilidad de crear una Inteligencia Artificial subyace otra determinante para el ser humano y el sitio que se ha reservado en la naturaleza: si la Inteligencia Artificial es posible, entonces el ser humano no posee ninguna diferencia exclusiva que le haga fundamentalmente diferente del resto de estructuras y sistemas que conforman el universo. La consciencia, la capacidad de reflexión, el propósito, en definitiva, todo lo que nos hace humanos, seria simplemente el extremo superior en una serie de niveles en cuya base (la indeterminación cuántica) nuestras propias intuiciones se tambalean. Sería de gran utilidad para el progreso de la Inteligencia Artificial (y especialmente para su aceptación), olvidar el falso orgullo de especie, el antropocentrismo y pensar en el universo como un lugar en el cual no somos los exclusivos propietarios de la inteligencia, sin la “h” de humano. De hecho, la historia de la ciencia se podría describir como un proceso por el cual el ser humano ha ido perdiendo poco a poco su lugar central: cuatrocientos años atrás aprendimos que la Tierra no era el centro del universo. Hace ciento cincuenta años descubrimos que no había nada de especial o divino en nuestro origen como especies, y más recientemente, que nuestros constituyentes físicos y químicos son absolutamente corrientes. Es curioso constatar que es la cultura occidental de origen judeo-cristiano la responsable de esta distinción “aristocrática” que pone al hombre en un lugar a parte del resto de la naturaleza (algo que coincide, por cierto, con la visión del hombre que tiene el Islam). Somos especiales, viene a decir este autorretrato, y lo somos por nuestra inteligencia. Sin embargo, hay quien afirma que el universo está lleno de inteligencia, y que esta no nace exclusivamente de seres vivos complejos como los humanos.

El Principio de la Equivalencia Computacional
Stephen Wolfram es el autor del conocido software de cálculo matemático “Mathematica”, pero durante los últimos veinte años ha estado además muy ocupado creando un nuevo tipo de ciencia. Así es precisamente como ha llamado al libro con el que ha hecho público su “descubrimiento”: “A New Kind of Science”, un “tour de force” de más de 1.100 páginas en las que, a través de sencillos experimentos con computadoras, Wolfram muestra una nueva manera de observar cómo opera nuestro universo. El ámbito de esa nueva ciencia es total: desde los orígenes de la aparente aleatoriedad en los sistemas físicos, al desarrollo de la complejidad en biología, los objetivos últimos y los límites de las matemáticas, la posibilidad de una teoría verdaderamente fundamental de la física, la interacción entre libre albedrío y determinismo y el carácter de la inteligencia en el universo. Una de las ideas más poderosas de esa nueva ciencia es resumida por Wolfram en lo que llama el “Principio de la Equivalencia Computacional”: todos los procesos, ya sea producidos por el esfuerzo humano u ocurridos espontáneamente en la naturaleza, pueden ser vistos como computaciones. Empezando por los autómatas celulares, programas de reglas muy sencillas pero capaces de producir resultados complejos y muy diferentes entre sí, Wolfram intenta evitar los callejones sin salida de la ciencia clásica y del análisis matemático de los fenómenos. Cuando los comportamientos o fenómenos estudiados son más complejos, entra en acción “la nueva ciencia” y su principio: desde un punto de vista computacional, una gran variedad de sistemas, con diferentes estructuras subyacentes, son a algún nivel fundamentalmente equivalentes. Pero esta nueva ciencia tiene en cuenta también otros fenómenos, como la irreductibilidad computacional, que explica, por ejemplo, cómo puede haber mucho más en el comportamiento de un sistema de lo que uno podría predecir mirando sus reglas subyacentes. Así resuelve Wolfram el problema del libre albedrío, a través de la complejidad desarrollada por reglas simples en el nivel más básico, se llega a computaciones irreductibles, demasiado complejas para ser simplificadas y por lo tanto susceptibles de ser consideradas producto de la libre voluntad.

Máquinas como nosotras
La aceptación de la idea de que al producto de una computación pueda atribuírsele la cualidad de inteligente tiene una gran trascendencia. Si se elimina toda opción sobrenatural o religiosa, el camino a seguir en busca de una inteligencia comparable a la humana debe estar situado forzosamente junto a los fundamentos de las leyes físicas. La computación, con sus abstracciones universalistas y su capacidad de producir complejidad a partir de lo simple, no solo nos ha proporcionado rapidez y exactitud en el cálculo, sino también un ejemplo de cómo es la naturaleza y cómo se comporta. Las ideas de Wolfram indican que, al igual que sucede en el cerebro humano, podemos esperar comportamientos complejos (aquellos que estamos acostumbrados a atribuir a seres inteligentes), a partir de procedimientos simples, y que la potencialidad de cálculo necesaria para producirlos esta en potencia en la materia que compone un simple pedazo de roca. De hecho, esa complejidad puede llegar a ser tal que no podamos deducir sus reglas subyacentes a partir del estudio del fenómeno. Algo parecido nos pasa cuando se intenta ir del disparo de una neurona a algo como el “amor”, el “odio”, o la “amistad”. A pesar de que en términos normales, el cerebro y el funcionamiento de las neuronas es complejo, metodologías como la que propone Wolfram buscan el “núcleo simple” que debe existir bajo un comportamiento complejo. La inteligencia se manifiesta de acuerdo con las particularidades del sistema que la ha producido. Poseer una inteligencia avanzada y autoadaptable no significa que versiones más simples de esta, pero con toda su potencialidad intacta, no nos puedan estar rodeando, tanto en la materia viva como en la inanimada. Nada está escrito, salvo las condiciones iniciales que hacen que podamos hablar de universalidad. Desnuda de mística y pasión, la inteligencia no humana podría no ser necesaria ni peligrosa: no necesita que la reconozcamos para existir.

Referencias
“The Game of Life”, creado en 1970 John Conway es el ejemplo de autómata celular más famosos. Considerado por muchos, incluido su creador como una diversión mas que un experimento científico serio, atrajo la atención de la comunidad científica gracias a un articulo de Martin Gardner en Scientific American. Para experimentar con demostraciones online y offline de “The Game of Life” se puede visitar la comunidad Conway’s Game of Life.

“Godel, Escher, Bach: an Eternal Golden Braid” Douglas R. Hofstadter, (1979) Tusquets Metatemas.

“A New Kind Of Science” Stephen Wolfram (2002), Wolfram Media Inc.

“The Mind’s I: Fantasies and reflections on self and soul” Douglas R. Hofstadter y Daniel C. Dennett (1981), Penguin Books